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caso, estoy limitado por las palabras, y sé además que mi destino es la lengua castellana. Yo
debo tratar, bueno, de hacer lo que pueda dentro de esos medios y dentro de esa tradición,
ya que cada idioma es una tradición. Yo escribí un poema esta mañana, y uno de los temas
del poema es que los idiomas no son equivalentes, que cada idioma es un nuevo modo de
sentir el mundo. Y actualmente estoy tratando de saber algo de japonés, y la dificultad no está
en memorizar las palabras; está en que yo siento que todo ese mundo me queda muy lejos,
aunque yo lo quiera mucho; ya que yo pasé quizá las cinco semanas más felices de mi vida en
el Japón, cada día un regalo, conocí siete ciudades, la gente era de extraordinaria cortesía; y
con María Kodama visitamos templos, jardines, ríos, santuarios.
—Como va a volver hacerlo dentro de poco tiempo.
—Sí, conversé con monjes y monjas de fe del Buda y del shinto; yo jamás pensé que eso fuera
posible, y sin embargo yo estaba conversando con ellos. Me parecía increíble eso.
—La imaginación se enfrenta con la realidad en ese momento.
—Sí, yo había llegado a pensar que a mi edad nada nuevo podía ocurrirme, que yo había
agotado el número de mis experiencias; que sólo me quedaba repetirlas. Pero luego llegó
aquel don espléndido: una invitación al Japón. Nos invitó la Japan Foundation para pasar cuatro
semanas. Esas cuatro semanas fueron cinco. Yo les dije que no me adelantaran nada, que yo
quería que cada día fuera una sorpresa, y esa sorpresa podía ser, bueno, un santuario, podía
ser un jardín; esos pequeños jardines japoneses que no están hechos para pasear sino para ser
vistos, donde la roca y el agua son más importantes que la vegetación. Y luego tuve ocasión de
conversar con escritores, también, y con monjes —monjes budistas y del shintos.
Universidad Autónoma de Chiapas